Una paciente le reclamaba a su pareja los reclamos constantes sobre el modo de ser en la vida de él, era como una sospecha que está presente, aunque no se ve, es decir hay una generación de desconfianza, aunque en verdad no por motivos aparentes, pero estamos observando y evaluando una secuencia de pequeñas informalidades, tales como: te lo digo mañana, ese mañana nunca llega, te lo traigo el lunes y ese lunes tampoco llega, lo vamos a hacer en cualquier momento y ese momento nunca llega.
Insisto, en lo concreto no aparece nada, habría que decir “no hay hechos” que confirmen ese perfil que está inmerso en su discurso, pero enumerándolos nos muestra una tendencia un tanto “resbaladiza”, es decir se van creando hábitos que al interlocutor no le confirman nada de lo que el personaje sostiene sobre su vida, es como si a una naranja le faltaría una parte de la cascara, lo cual intrigaría en sumo grado al que la pela, de todos modos lo hace, pero esa falta de cascara será una marca que no podrá dejar de perturbarlo, se preguntara, ¿como la perdió? ¿Será seguro comerla? en este caso la naranja es el otro.
El tema principal funciona, es decir, la naranja está, es una persona muy atenciosa, cumplidora en lo que es cotidiano, pero va dejando un camino de incumplimientos regados detrás de él, que lo hacen ver como alguien poco confiable.
Es resbaladizo, le cuesta mucho profundizar sobre este tema, y, al contrario, es un personaje que hace parecer todo banal, intrascendente, que lo importante va a llegar no se sabe cuándo, porque, en precisiones es lo más impreciso que existe.
“Vos déjame a mí, vas a ver como se hace todo en término”, pero las cosas no ocurren y siempre terminan en reclamaciones de su pareja o de las personas a su alrededor, para las cuales las respuestas siempre son evasivas y estiradísimas para un futuro indeterminado, lo que genera una inseguridad fuerte, aparece el descredito hacia el personaje en cuestión, pero él insiste en sus explicaciones cada vez más prolongadas, llenas de racionalizaciones, cansadoras, y sucede consecuentemente la renuncia de sus derechos por parte de su pareja u otro, ante esta insoportable cháchara insustancial y agotadora, da la impresión que él está en otra dimensión, dado que la sensación más importante es que no escucha, su interlocución no es válida.
Ahora, hay hechos inexplicables en su vida, porque en realidad es una buena persona víctima de sus propios enredos, que ni él entiende cómo llegó a ellos, o “no se lo pregunta”, la duda no cabe en su razonamiento, como si fuese un torbellino que lo arrastra y que no puede frenar.
Eso sí, es un personaje muy culposo, por lo que también es difícil sacárselo de encima justamente por ese mecanismo, se adhiere al otro y trata de enmendar, lo cual hace viscosa su presencia, pero también suele suceder que desaparezca de sus vidas por no soportar la culpa que le genera la presencia del otro.
Estos casos son muy difíciles de tratar, salvo que haya una concientización muy fuerte del deseo de mejorar, que lo suele producir algún evento muy grande en su vida que le exija ese cambio, o la conciencia de perder algo importante.
Pero siempre hay solución si hay demanda de análisis. Como su vida es el propio enredo, le cuesta mucho conocer la raíz de estos conflictos, pero se puede. Cuando cambia él percibe que los otros le responden de otra manera, consigue cosechar lo que nunca pudo y esto es una buena palanca para poder seguir investigando en su inconsciente, pero es un muy largo trabajo para el que no hay recetas.
La motivación para la demanda de análisis se suele dar en edades medias de 30 a 50 años, donde el sujeto todavía siente que tiene tiempo de juego en la vida y que pueden ocurrir transformaciones muy buenas y sorprendentes, para lo cual la elección del analista es crucial dado que no puede ser cualquiera. La persona tiene que poder elegir, para lo cual debe conocer a su posible analista y dejarse llevar por el sentir.
Hay muchas propuestas diferentes en terapia y no se puede decir cuál es mejor, seguramente la elección va a recaer en el mejor para cada sujeto, no sabemos porque, pero esa coincidencia ocurre.
Lo que sí me parece importante es que se debe trabajar por la demanda del mismo sujeto, es ahí entonces que la terapia o el análisis o algún tipo alternativo de tratamiento puede surtir efecto positivo.
Desde ya que el análisis psicoanalítico ofrece más posibilidades de éxito en el sentido de la profundidad ofrecida en dicha práctica. El psicoanálisis no trabaja con objetivos a cumplir, sino que está abierto a lo que el sujeto necesita averiguar de si, de su entorno, de su pasado, etc. Pensando que este pasado, es aun presente y determinan de forma completa estos conflictos.
La elección del analista o terapeuta es decisiva si pensamos en que el sujeto debe ser “arreglado” en marcha, no se puede parar de vivir para solucionar los problemas que los aquejan, y estos determinan nuestras decisiones todo el tiempo, conseguir un terapeuta que nos escuche y que nos ofrezca una interlocución que se adecue a nuestra problemática es fundamental para el éxito del tratamiento.